4 de abril de 2016

Alain Vigneau,actor, clown y pedagogo:: Bienaventurados los fracturados porque dejan pasar la luz

La risa compasiva

Tuvo una infancia violenta y dolorosa y arraigó en él la desesperación. Invirtió media vida en asumir el sentido tragicómico de lo humano y en ser capazde reírse de sí mismo. Fue pastor, viajó por medio mundo con Payasos sin Fronteras, fundó la compañía de teatro La Stravagante. Descubrió que la nariz de payaso, esa mínima máscara, nos permite ser nosotros mismos, mostrar nuestra pequeñez, nuestro desconcierto ante un mundo exigente , sanar nuestras heridas, y creó Clown Esencial, talleres terapéuticos (Clownesencial.com) que imparte en colaboración con el doctor Claudio Naranjo en los programas SAT. Resume sus vivencias como terapeuta clown en Clown Esencial. El arte de reírse de sí mismo (La Llave).



De niño me enfadé mucho con Dios y firmé un pacto íntimo y secreto. Algo así como “de acuerdo, si tengo que vivir en medio de estas circunstancias, lo haré, pero pagarán por ello”. Se trata de un contrato de desamor con el mundo, algo muy común.

¿Qué le ocurrió?
A mi madre la asesinó su amante. Yo tenía 7 años. Mi padre me sentó en sus rodillas y me dijo: “Tu madre se acabó”. Me comí un pañuelo y estuve un mes sin hablar.

...
El alma infantil es como plastilina, las cosas impactan como meteoritos, su razonamiento no es el del adulto. Obviamente, yo quería matar al asesino, pero se suicidó. Me quedé con esa carga de rabia y de desamparo dentro.

¿Sin refugio?
Tenía a mi abuela materna. Pero al cabo de cinco años encontró una granada de la Segunda Guerra Mundial que le explotó en las manos. Crecí con esos golpes que te hacen ver que la vida no es nada, es sólo ahora, y que tiene una dimensión violenta.

¿Qué fue de usted?

Viví sin rumbo. A mi padre apenas lo conocía y le temía. En el colegio me sentía distinto porque ellos tenían madre y yo no. Esa exclusión del club de los normales me dolía muchísimo.

¿Cómo transitó por la adolescencia?
Abandoné los estudios y me fugué a la montaña. Me hice pastor de ovejas. Durante diez años viví con mi pareja en una finca en ruinas, y allí tuvimos dos hijas que crecieron entre corderos, sin electricidad, sin agua caliente: una vida arcaica. Pero mi dolor y mi locura no cejaron. Yo era un tipo violento.

¿Y quiso ser payaso?
Era otro de mis sueños. Mi madre pintaba payasos. Viajé muchísimo por el mundo con Payasos sin Fronteras y me di cuenta de que todos lloramos y reímos en el mismo idioma.

Y usted ¿aprendió a reír?
Por mi viejo contrato con Dios entendí muy pronto que la vida es algo muy serio y que hay un monstruo que si eres demasiado feliz se despertará porque duerme con un ojo abierto. Me costó más de diez años de actuaciones permitirme reírme de mí mismo.

¿Aconteció de repente?
Sí, en un momento del espectáculo me rendí a la felicidad del público y así me rendí a la mía propia, reí, solté el control, acepté... Fue revelador, y empecé a trabajar con Claudio Naranjo en los programas terapéuticos SAT que se imparten por medio mundo, creé Clown Esencial.

¿La terapia del payaso?
Sí, un espacio para celebrar juntos nuestra torpeza e inutilidad –este tragicómico intento de ser nosotros mismos–, para mirarnos sin culpas ni prejuicios protegidos por una nariz roja, y así desacralizar nuestra insignificante seriedad y transformar nuestro pasado en patrimonio.

Transformó su dolor en arte.
Sí, y ese arte me hacía tener un lugar en el mundo. Todos queremos pertenecer. Y tenemos derecho a ser inútiles. Yo creo que estamos muy enfermos de una santa seriedad, un altar en el que sacrificamos mucha espontaneidad y dulzura. Somos mucho más amorosos de lo que nos mostramos.

Forma parte de nuestra torpeza.
Sufrimos mucho más por no poder amar lo suficiente que por no ser amados lo suficiente. En realidad, todo se reduce a amor y dolores de amor. Castramos nuestra sensualidad, amorosidad, nuestra capacidad de gozo..., y lo hacemos con sumo esfuerzo.

Un sinsentido.
Es legítimo que queramos ser grandes, pero es muy cansado. Cuando celebramos nuestra pequeñez nos hacemos grandes de una forma más espléndida y más relajada, y no hacemos pagar al mundo nuestro esfuerzo. Mi trabajo es celebrar la condición tragicómica de la vida.

Es necesario reparar el amor a uno mismo.
Confundimos amarnos con ser orgullosos,cuando querernos a nosotros mismos es un acto de profunda humildad: ver lo que hay dentro y reconsiderarse. Pero anida en nosotros un cansancio íntimo, casi vergonzoso, que aflora cuando nos quitamos el maquillaje del personaje de la vida social, profesional o familiar.

...
Hay un anhelo de ser nosotros mismos, sin tanto esfuerzo ni requisito, ser sin aparentar, existir sin tener que pagar nada a cambio, pero no alcanzamos ni para querernos a nosotros mismos y nos pasamos la vida pidiendo a otros que nos quieran. Vivimos llenos de autoexigencia.

Agotador.
El público ríe o llora con el clown porque se reconoce. Nos igualan nuestras imperfecciones, no nuestras grandezas. Yo soy consciente de que tengo un perro feroz dentro y otro bondadoso que despierta cada mañana dispuesto, y hay que ayudarle.

¿Cómo?
Reconociéndolo. Yo soy un torpe patético que tiene derecho a una vida buena... Hay una frase hermosa de Yvan Audouard: “Bienaventurados los fracturados porque dejan pasar la luz”.

¿Reivindica el derecho a la torpeza?
Sí, a la inutilidad, a no servir para nada y no ser condenado por ello. Colocarse la nariz es jus- tamente brillar desde la propia inadecuación social, física o intelectual. Comunicar nuestro desamparo frente a la complejidad del mundo es más constructivo que maquillarlo.

Publicado en La Contra de La Vanguardia el 1-4-2016




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14 de enero de 2016

Sakkas Kruiper, sanadora bosquimana


Tengo 48 años. Nací en el Kalahari (Sudáfrica). Estoy unida a Xhop y he parido un hijo, pero en mi comunidad todos los niños son nuestros hijos. Lo compartimos todo. Me gustaría ver honestidad en el mundo. Todos estamos conectados al gran espíritu, cuando morimos viajamos a la Vía Láctea.


Nací en la tierra de mis antepasados, en el Kalahari. Sakkas, mi nombre, significa abuela.

Fui la última de mi tribu, los khomani san, que vivió de forma originaria. Somos antiguos, muy antiguos.

Son ustedes el pueblo vivo más antiguo de la Tierra.

En 1978 el gobierno nos sacó de nuestra tierra, la expropió, y nos llevaron a Ciudad del Cabo. En el 2000 nos instalaron en Askham, una reserva a las afueras del Kalahari, y nos olvidaron.

...

Pero viene gente de toda Sudáfrica a recibir sanaciones y a obtener nuestras medicinas. Mi marido y yo sabemos restaurar la energía del cuerpo y trabajamos juntos.

¿Han tenido que cambiar de vida?


Sí, tuvimos que ponernos ropa y zapatos, nos obligaron a ir al colegio a aprender cosas ridículas, ya no podíamos valernos por nosotros mismos, nos prohibieron cazar y recolectar. Y el gobierno en lugar de comida nos enviaba camiones de Coca-Cola y de alcohol. Perdimos la conexión con el espíritu.

Pero sus ceremonias siguen vivas.

Son las más antiguas de la Tierra. Desde el principio de los tiempos hemos cantado y bailado para conectar con el gran espíritu, pero al haber sido trasladados esa conexión se rompió.

¿Cómo son sus ceremonias?

Las mujeres damos palmas y cantamos, los hombres entran en trance bailando nuestro ritmo y, a través del cordón umbilical, se conectan con la Vía Láctea y la naturaleza. En el fuego sagrado arden nuestras plantas medicinales, que sólo hallamos en el Kalahari.

Entiendo.


Esa era mi misión, preservar nuestras danzas ancestrales, no perder la conexión con el gran espíritu, nuestra sabiduría, nuestra esencial comprensión de la naturaleza: somos ella y sin ella no somos nada. Por eso, cuando nos trasladaron, mi marido y yo nos perdimos.

¿A qué se refiere?

Nos entregamos al alcohol. Empecé a tener visiones horribles de violencia entre hermanos que se hicieron realidad. Cuando el gobierno nos permitió visitar nuestras tierras ancestrales diez días al año, pudimos recuperar las medicinas que sólo se hallan en el parque del Kalahari y sanar. El parque es nuestro corazón.

Ahora son ustedes motivo de estudio.

Los científicos han comprobado que nuestro ADN es el más antiguo de la humanidad, desde el Kalahari los san poblamos la Tierra. Antes de que nos extraditaran, mis abuelos me tatuaron en el hombro izquierdo un sol naciente.

¿Qué significa?

Que cuando la humanidad evolucione y sea más consciente, será capaz de descifrar la información que guarda el Sol y eso facilitará la transmutación.

¿…?

Es la conexión con los elementos primordiales lo que nos da la comprensión, y nosotros lo hacemos a través de la vibración que generan nuestras canciones, por eso los abuelos se preocuparon tanto de que yo las conservara para poder transmitirlas a mis hijos.

A su hijo.

Usted también es mi hija. La humanidad entera son mis hijos.

Su pueblo sufrió un gran genocidio.


Hace unos cien años los blancos podían adquirir un permiso para cazar a los san en Sudáfrica y en Namibia. No se nos comían, nos colgaban de los árboles, nos aniquilaban por diversión.

Es una historia muy triste.

Ahora me llevo a los blancos al Kalahari, hacemos retiros espirituales y les explico nuestra historia, entonces lloran.

¿Por qué el gran espíritu permitió el genocidio?

Hay una razón para todo. Los blancos olvidaron cuál era el propósito de la humanidad, se embriagaron de poder, pero esa etapa de olvido toca a su fin y nosotros hemos sobrevivido para que juntos reencontremos el camino. Haber olvidado que todos somos uno es la enfermedad de la humanidad.

¿Cómo era la vida en el Kalahari?

Feliz y sencilla. No necesitábamos ropa ni coches ni electricidad ni plástico... Vivíamos en armonía con la naturaleza y esta nos daba lo que necesitábamos, nunca acumulábamos nada y aceptábamos las cosas como eran.

Todos perdemos sin su sabiduría.

Mis padres danzaban, mis abuelos me enseñaban todo lo que necesitaba saber: recolectar alimentos y plantas para sanar el cuerpo y el espíritu. Al anochecer nos reuníamos en torno al fuego, que es la conexión con la vida, para trasmutar nuestros problemas; y a través del trance obteníamos y obtenemos poderes.

¿Qué tipo de poderes?

La visión.

¿Qué es la visión?

La comprensión global de todo, de la unidad, que nos permite adquirir la fuerza del león, la visión del águila, hermanarnos con los animales, la capacidad de limpiar nuestra energía. Tengo un mensaje para la humanidad.

¡...!

Debéis sanar vuestro corazón y buscar la libertad, alejaros de lo material, eso no enriquece, empobrece. Yo abrazo y perdono todo lo que nos han hecho porque quiero vivir con el corazón abierto. A medida que evolucionamos se nos otorga poder: ¡está al alcance y es inmenso!
Entrevista publicada en La Contra de La Vanguardia el 13-1-2016

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